lunes, 6 de febrero de 2012

Políticos, esfuerzo y desesperación

Mientras Rubalcaba y Chacón se peleaban por gobernar las ruinas electorales del PSOE y el gobierno marianil se afana en poner excusas para no entrar a saco con la reforma laboral -no vaya a ser que influya en las elecciones andaluzas, y deje a Arenas a dos velas- la situación en España se recrudece por momentos. A la ya ruinosa situación de la política nacional, con ambos partidos mayoritarios plegados a las exigencias de los nacionalistas (maldita la falta que hace), -empeñados en clasificarnos en ciudadanos de primera y de segunda, (pisoteando derechos básicos, como el de dirigirnos a la administración en español en todo el territorio nacional)- se une un constante goteo de jóvenes, los más preparados: licenciados, dipolomados e ingenieros, que marchan hacia el exilio porque no hay sitio para ellos en su país.

Éste éxodo, provocado por la desesperada situación económica y legislativa, fomentada por los dos grandes partidos, que no ha hecho sino premiar al vago, al ignorante y a quien no se esfuerza. Quienes decidieron no estudiar una carrera, hoy viven mejor que nuestras mentes más brillantes y preparadas.

Alguno de nuestros apoltronados políticos, plácidamente sentado en su sillón de la carrera de San Jerónimo, sin otra preocupación que apretar el botón que el líder de su partido indique en cada momeno, debería, por cinco minutos, sentir la desesperación, el desánimo, el sinsabor de vivir un día tras otro sin más esperanza que un futuro e incierto empleo en el que por cuatro duros, bastante menos en todo caso que quien no se preparó y se esforzó, trabaje explotado de sol a sol, sin esperanzas de cambio y sin crédito bancario para emprender siquiera un negocio propio.

Y mientras tanto, nuestros sindicalistas y políticos no hacen más que debatir infructuosamente sobre izquierda y derecha, sobre complejos políticos superados en la primera mitad del pasado siglo. A mayor gloria de las subvenciones.

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Post scripum: De momento, sólo excluyo a UPyD y Ciudadanos de esta crítica. Únicas formaciones que llevan las preocupaciones ciudadanas verdaderas. Porque están más en contacto con la gente y gastan menos tiempo y recursos en debates identitarios de sobra superados.

El día de la marmota: tan cainitas como somos en España, seguimos despreciando a las mentes más brillantes que ha parido nuestra nación.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Amar en tinieblas

En las tinieblas del dolor,
en la penumbra vacía de la desesperación.

En los escombros del amor,
hay sentimientos que un día,
hicieron añicos toda ilusión.

Aquellos labios que nunca besaré,
aquella voz;
recuerdos sombríos de la nada,
que como un puñal afilado,
con el frío de una espada
penetran mi pecho enamorado,
trituran mi corazón calcinado.

El no tenerla, el no ser nada,
el dolor al recordar
en la tiniebla nocturna
que su corazón no es mío
y que nunca habrá caricias,
que sólo habrá lágrimas,
sólo, un invierno sombrío
sin más esperanza
que el dolor y el frío.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Algunas frases

Cuando se rompen tus sueños vitales y ves que el idealismo no sirve de nada, y ni siquiera el materialismo te consuela, te vuelves nihilista.


Para los de : yo no voté al PP, pero soy lo suficientemente demócrata para reconocer una victoria, felicitar y desear lo mejor.


No me parece bien que sólo se diga Viva España si gana el PP. España es de todos. Deberían hacerlo igualmente PSOE, UPyD, Foro o IU.


¿Sería más feliz si fuera anafabeto funcional y mi mayor sueño fuera salir en Gran Hermano y tener un BMW turbo?


La única ley de memoria histórica que valía fue la transición española. La hicieron quienes vivieron la guerra. Punto.

viernes, 7 de octubre de 2011

Una reflexión liberal

En los presentes días asistimos a un debate, si bien muy informal y vulgarizado, sobre el alcance que ha de tener el sector público en un estado democrático de derecho. O social y democrático de derecho, si queremos utilizar la expresión doctrinal recogida en la Constitución.

A propósito de dicho debate, considero necesario hacer un apunte sobre la teoría liberal. El liberalismo, es bien sabido, ha tenido diversas corrientes, quizá más que ninguna otra ideología, por lo atractivo, en origen, de sus principios y nombre, ambos derivados de libertad. Ello ha provocado que en determinados lugares, como en Estados Unidos, la palabra liberal, actualmente, sea asociada con el centro-izquierda, demasiado empeñado en socializar el sector público; y para referirse al liberalismo clásico se utilice el término conservadurismo, lo que lejos de solucionar el problema, lo enreda aún más, porque el conservadurismo existía ya, al margen de la teoría liberal, como una ideología propia y muy diferente.

Además, han aparecido nuevos conceptos que distorsionan aún más la imágen que el común de los mortales tiene del liberalismo: como los llamados neoliberales, que aceptan instituciones repugnantes para cualquier liberal que se precie, como el FMI, el Banco Mundial, o los Bancos Centrales. O toleran injerencias del Estado, de una forma u otra, en la libertad individual. Con lo cual, englobar estas nuevas teorías dentro del liberalismo, sería corromper sus cimientos.

Dejemos al margen el anarquismo. Todas las teorías estatistas, desde el socialismo, pasando por la democracia cristiana, hasta el fascismo, propugnan una fuerte intervención del Estado en todos los ámbitos de la sociedad con el fin de modificar sus vicios y provocar el progreso de la misma. Todas, digo, salvo el liberalismo. En origen el liberalismo clásico, ha visto toda intervención estatal en la libertad del individuo como algo negativo y que constriñe sus derechos: el estado es percibido por los liberales como un mal necesario.

Ese mal necesario, cuyos mimbres dejó bien constituídos John Locke ya en el siglo XVII, ha de existir para garantizar los derechos de los individuos, de los cuales gozarían en el estado natural, pero que se vieron destruídos por la aparición de la propiedad privada. Como quiera que la propiedad privda, según Adam Smith, favorece al bien común, al incentivar el progreso; el ser humano, ha de dotarse de una institución, el Estado, que actúa como garante de los derechos del individuo, bien frente a la sociedad, bien frente a otro individuo.

En el liberalismo, los únicos derechos realmente importantes son los individuales, ya que, en los llamados colectivos, el individuo no es libre, se ve coaccionado por el grupo. El estado diseñado por Locke, que bebe del parlamentarismo medieval europeo (por cierto, originado en León en 1187), y desarrollado por Montesquieu, entre otros, contempla un sistema de contrapoderes que pone límite al ejercicio de la potestad coactiva estatal sobre los ciudadanos. El Estado, en el liberalismo, mediante un sistema de separación de poderes, tiene limitado el ejercicio de sus competencias. A diferencia del Estado social, y de lo que propugnan determinadas teorías socialdemócratas, conservadoras o democristianas, para los liberales, el Estado tiene limitado su lugar de actuación; ojo, no es sólo como en las teorías mencionadas anteriormente, en que el sector público no pueda entrar en determinadas parcelas reservadas al ciudadano, sino que no puede salirse de ciertos margenes, con lo que la libertad de los individuos es mayor.

Los márgenes, en un estado liberal ideal, serían básicamente: la seguridad interior y exterior, las carreteras y la administración de justicia. Esas serían las únicas competencias de los poderes públicos en un estado ideal. La educación y la sanidad son actividades, que en teoría, pueden alcanzar su realización plena gracias a la iniciativa privada, y, en ocasiones, ha quedado demostrado, con una capacidad mucho mayor: véanse las universidades privadas de Estados Unidos: Harvard, Yale, etc.

El problema es que no vivimos en un mundo ideal. Y entonces, aquí aparece el socioliberalismo, o liberalismo social. Por decirlo como más acostumbrados estamos en España: el liberalismo progresista: como el mundo es imperfecto, hay individuos que no son, en su nacimiento, iguales a otros (riqueza, pobreza...) y no tienen el mismo derecho de acceso a la educación. Además hay otros individuos que padecen dolencias o enfermedades crónicas por infortunio, no por demérito, y necesitarán una mayor atención que otros en idénticas condiciones económicas; y el mercado de la sanidad tiene una demanda demasiado inelástica, porque es algo a lo que no podemos renunciar, con lo cual, aparentemente, queda desvirtuda la igualdad teórica que propugna la teoría liberal para la construcción de una sociedad más justa y libre: en definitiva, meritocrática.

La solución: aceptar por parte de los liberales, con ciertas reservas, la educación y sanidad públicas, con un alcance y una calidad suficientemente altas para garantizar el acceso de todos los ciudadanos a las mismas. Sin perjuicio del acceso voluntario al sector privado en ambos aspectos. Sin embargo, con eduación y sanidad gratuítas, aún habría que hacer algún matiz: ¿es o no justo, que un individuo sano que ha estado 30 años rascándose la barriga, tenga la misma atención sanitaria que otro individuo que, en sus mismas condiciones ha estado 30 años trabajando de sol a sol y pagando, con sus impuestos, la sanidad de la que disfruta su vecino?

martes, 27 de septiembre de 2011

Quiero una izquierda a la que se pueda votar

Quiero una izquierda en España que no renuncie a defender lo que nos une a los españoles. Que no renuncie a defender la Nación. Quiero una izquierda que no sea maquiavélica, que crea en la separación de poderes. Que no diga veinte cosas distintas en cada territorio. Que no esquilme a la clase media con impuestos para corregir sus errores: palos de ciego en materia económica. Una izquierda que no renuncie a conseguir derechos nuevos y dotar a nuestro ordenamiento de una de las legislaciones más abiertas a la modernidad y progresistas (que no progres) del mundo; y que esto lo haga sin ánimo de soliviantar a la derecha y sin animar a posicionarse contra la religión Católica.

Quiero una izquierda seria. Que no cambie sin previo aviso y a traición la política internacional y no nos sitúe al lado de dictadores sin escrúpulos. Que cuando gobierne durante un largo periodo en una región meridional, no tengan que salir, cuando se produce un cambio político, los papeles por la noche en furgoneta.

Una izquierda que reconozca, como hacía en tiempos de Pablo Iglesias, de Indalecio Prieto, de Julián Besteiro, en tiempos de Felipe González, o de Joaquín Almunia, que España es una única nación, con una lengua común -además de otras, regionales- y no un conjunto de pueblos enfrentados y sin nexos históricos, ni geográficos, ni familiares. Que esté, como decía Nicolás Redondo Terreros, más cerca del principal partido de la Oposición a nivel nacional, que no de los partidos de carácter totlitario-secesionistas, cuyo objetivo último no es más que el trinque caciquil.

En definitiva, una izquierda moderada, a la que se pueda votar llegado el momento. Que beba de los escritos de Azaña, no de su andadura política. Y que luche, como se hace en los países occidentales, por los votos centristas con la derecha. No por los votos de la extrema izquierda, como ha hecho el señor Zapatero y sigue haciendo el señor Rubalcaba. Ah, y una izquierda, que no se avergüenze de que aparezca en sus actos públicos la bandera nacional. Después del desastre electoral que se atisba el 20 de noviembre, esperemos que se refunde el PSOE de Nicolás Redondo y no el de el separatista catalán y cordobés de nacimiento Montilla.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Ruptura nacionalista

Yo creo que nacionalistas hay de dos tipos. El primero es el hipócrita: no se cree las chorradas que dice pero le vienen bien económicamente para justificar su trinque o el de sus amigos. El segundo es el tonto de campanario con pocas luces y/o sin cultura que se siente enardecido por el discurso musoliniano y sin contenido racional que sugiere el nacionalismo; ese discurso, hace uso del chivo expiatorio (la caverna, el españolismo franquista; si no eres nacionalista, estás contra Cataluña...) y apela al más reaccionario odio que habita en el ser humano: o ellos o nosotros, los suyos o los nuestros.

Es una pena que en un país tan privilegiado como España, tan interesante culturalmente, con una lengua común y varias lenguas regionales; influencias que arrancan desde los celtas y los fenicios hasta los romanos, visigodos o árabes.... con naciones hermanas como los países Iberoamericanos y Portugal... y con tantas posibilidades de futuro y libertad individual para los ciudadanos a poco que nos lo planteemos... exista la excusa nacionalista para justificar el trinque caciquil de toda la vida y con efectos lamentables para los derechos fundamentales, especialmente en dos regiones: País Vasco y Cataluña.

Una nación no es sólo un conjunto de características étnicas, ese es el concepto hitleriano. Una nación en el concepto liberal, racional e histórico, es un conjunto de ciudadanos libres e iguales, que ejerce su soberanía sobre un territorio y tienen una historia común: han sufrido las mismas guerras, los mísmos éxitos, las mismas dictaduras y fracasos, y sus gentes han convivido en paz y guerreado a lo largo del tiempo, según se terciara, pero dentro de una concepción de unidad con respecto al exterior. Y eso España lo tiene.

Sin Cataluña, España no sería España, sería "el resto de España". Lo que queda de restarle a España una parte sustancial. Y sería trágico que no queriéndolo la mayoría de catalanes, impusieran esa ruptura cuatro políticos oportunistas. Que es a lo que están algunos. Y a los oportunistas del primer tipo, un aviso de la historia: se les puede escapar de las manos, porque, el que juega con fuego...

miércoles, 17 de agosto de 2011

La leyenda negra

No soy nacional, que es cosa de críos. Decía el Conde-Duque de Olivares. Era la forma que tenía el primer ministro de Felipe IV de anunciar que no era dado al nacionalismo. El nacionalismo es siempre irracional y excluyente. Cualquiera con dos dedos de frente y habiendo leído un poco se da cuenta de ello. En cambio el patriotismo es un sentimiento distinto, alejado del fanatismo nacionalista. Dicho de otro modo: se puede ser un patriota murciano y al mismo tiempo un patriota español; pero no se puede ser un nacionalista murciano y al mismo tiempo un nacionalista español.

Digo esto al hilo del argumento que me motiva a escribir este artículo: la estúpida creencia de mucha gente al identificarte como nacionalista español, simplemente por ejercer un patriotismo sano y sin complejos.

El nuestro ha sido un país que durante al menos 140 años dominó los mares y el continente europeo, siendo la potencia internacional más importante. En ese tiempo tuvimos como principales enemigos a dos estados cuyos cronistas se han caracterizado por ser unos artistas de la propaganda: Francia e Inglaterra. En ese clima, unido a una defensa, a mi juicio, demasiado irracional de la fe católica en los campos de batalla y a una violenta intolerancia interna hacia todo lo heterodoxo -como ocurría en otras partes de Europa- fueron el caldo de cultivo para el florecimiento de la Leyenda negra española.

Según la Leyenda negra, lejos de ser un país aventurero, que sale a los mares en busca de aventuras, que descubre América y circunnavega La Tierra por primera vez en la historia, España no sería más que una nación de católicos fanáticos y crueles, incultos e irracionales. Claro está que el Duque de Alba en Flandes no ayudó demasiado a desmentir la falacia.

Habría que recordar que en aquellos tiempos, junto a todo aquel belicismo y junto a la Inquisición -presente en mayor o menor medida en toda Europa- florecieron las letras y las artes como nunca en España, era el Siglo de Oro: Velázquez en pintura, Quevedo, Lope, Cervantes, en literatura, Churriguera o Herrera en arquitectura... demostraron que no se puede juzgar a un pueblo viendo sólo su lado negativo.

Lo mas triste de la Leyenda negra no es que haya durado hasta nuestros días. Los ingleses son unos maestros de la propaganda. Decía mi profesor de Historia del Derecho, Fernando de Arvizu, que lo hiceron tan bien difundiendo la Leyenda negra, que incluso los españoles la hemos interiorizado. Y ahí se explican muchas cosas: el regeneracionismo posterior al desastre del 98, el surgimiento de los nacionalismos periféricos, en parte alentados por el rechazo a la inmigración derivada de la industrialización; el sentimiento o complejo de inferioridad que ha presidido el sentir de la Nación el último siglo. Si a esto le sumamos los 40 años de desprestigio que generó la dictadura franquista, las corruptelas políticas en democracia y el turismo cañí; pa qué queremos más.

Sería bueno superar este complejo histórico y absurdo. Pero soñar es gratis y las predicciones de futuro hay que hacerlas con cautela, porque la imaginación vuela y conviene sujetarle las riendas, por si el golpe es mayor al despertar.